jueves, 1 de diciembre de 2011

Una cosa sin dueño


Todo eso ya no importa. No me importa a mí ni le importa a nadie. Seguramente a ella tampoco. Todo eso ya no importa, pero lo viví igualmente. Y escribo para no olvidar, por si acaso, o para desahogarme un poco quizá, ahora que he recordado, como tal vez recuerde ella algún día, en uno de esos momentos espantosos cuando nos acordamos del pasado, de los hechos que, parece, fueron vividos por un actor difunto, no por nosotros. Tal vez ella recuerde, con aburrimiento o una vaga sensación de tristeza, o de pronto con cierta intensidad, como yo hace unos minutos, cuando dudaba si valía la pena sacar la máquina de escribir de su funda o si era mejor encender la radio.
Magdalena. Este nombre, cuando lo oigo ahora por casualidad, apenas logra hacerme parpadear, apenas siento estremecerse una fibra dentro de mí. Pero por aquel entonces, estoy seguro, alguna expresión ridícula debía dibujarse en mi rostro cada vez que alguien decía: "Magdalena".
Yo ya había oído hablar de ella, de Magdalena, la loca; y su locura me hechizó aun antes de conocer esa sonrisa burlona, esos ojos negros en los que todavía no sé qué buscaba o qué encontré.
Debió de verme en el corro de nuevas amistades, un tipo joven, de hombros caídos, con el abrigo demasiado pequeño, el mismo que llevaba puesto un año antes en el colegio; un tipo un poco raro, que escuchaba sonriente alguna sandez o contemplaba la fauna variada de la facultad.
Recuerdo que se reía de mí, de un gesto de inseguridad que yo hacía. Algo así como sujetarme la barbilla o una oreja.
No recuerdo las primeras palabras que intercambiamos, ni lo que hicimos esos primeros días. Pero en todo caso pronto me di cuenta de que ya no podía vivir sin ella.
Andrés también se enamoró de Magdalena, y al principio íbamos los tres juntos. El caso es que Andrés perdió y sin duda sufrió bastante, aunque nunca dijo nada. Pero yo sí se lo mencioné un día, cuando ya todo había acabado:
"No sabes de qué te libraste."
Podría ahora mirar la foto montada en un tablero, la única que guardé, la que es un estorbo, una cosa sin dueño, cada vez que saco las maletas del armario. Pero no lo haré. Prefiero escribir esto, beberme otro whisky, cerrar los ojos. Entonces es posible que ella vuelva, como hace un rato, o incluso con más intensidad, como esa vez en Londres, estando yo en la bañera, cuando me pareció tenerla en mis brazos y luego, al final, sintiendo todavía su tibieza, su presencia muy cercana, como si acabara de dejarla en la esquina y tuviera en mi bolsillo uno de esos ramilletes de enebro que cada noche ella arrancaba del jardín, al final dije en voz alta, como un imbécil: "Magdalena". Y el silencio de la casa me pegó en las sienes.
Pero esta vez será distinto.
Yo creo que sí, que haciendo un esfuerzo podré recordar de nuevo algún episodio agradable, entre la montaña de hechos, con etiqueta, que tengo archivados en el cerebro; hechos como que utilicé a Chopin para conquistarla, que todo acabó desparramado sobre la mesa de un juez o que la poseí treintaicinco veces exactas.
Sí, ya me parece ver a dos figuras envueltas en abrigos y bufandas, una pareja de jóvenes que van a tomar una copa en alguna parte, solos en la madrugada. Ya los veo avanzar, solos o bajo la mirada de algún extraño. Es ella, soy yo.
Magdalena está a mi lado. Ya casi siento su calor, su aroma. Y al final será como si acabara de dejarla en la esquina. Podré dormirme pensando que la quise, que la quiero todavía; contarle alguno de los chistes que he inventado para ella en todos estos años.


Madrid y Londres, 1981

martes, 1 de marzo de 2011

Curaçao azul

  
Su mujer le dejó poco después de esa tormenta de mal agüero
que partió en dos el arbolillo en el jardín.
Luego, una noche (estaba bebido)
le pegó un puñetazo en la nariz a un madero que iba de paisano
y le condenaron a tres meses de cárcel.
Pero ahora que le han soltado y que ha recuperado su trabajo,
puede volver a tomarse una cerveza en el Café du Congo
o pasearse por la Brunnenstrasse al anochecer
cuando el aire huele a humo de carbón, y encienden las farolas
aunque en los tejados sigan ardiendo fragmentos de sol.
Esta noche, si hubiera ocasión, incluso invitaría a casa al madero
y le explicaría su punto de vista
tomando una copita de licor azul.
Le serviría un poco también a su mujer
que a lo mejor se acordaría
de esa tarde cuando, tumbados lado a lado,
estuvieron un rato mirando pasar las nubes en el cielo.
Algún día estarán todos allí, en un rayo de luz:
su mujer, el policía, su jefe en la tienda
y todos los arbolillos desdichados y gatos vagabundos.
Pero, quién sabe, igual logra primero
devolverle un par de bromas al destino,
convertir la vida en un gesto bonito
como el sol cuando se estrella,
desparramándose sobre la ciudad. 



Poema traducido del inglés. El original, que lleva el mismo título, está disponible en:  http://livepoet.blogspot.com/ 

viernes, 25 de febrero de 2011

El marino obsesionado


La ha visto
(aunque ésa no es la palabra más adecuada)
en varias ocasiones,
a menudo en lugares solitarios,
ella, la muchacha sin nombre,
la de los mil semblantes:
de pie en un muelle de Duisburg,
allí de repente, llovida del cielo,
en medio de la nada;
andando por un parque un día que estaba él de permiso,
en Londres;
en los callejones de otro puerto del Norte,
no recuerda cuál,
Múrmansk quizá.
Es una cosa extraña.
No es como una muchacha que ves así, de paso,
y que te hace soñar,
sino más bien como alguien que ves en sueños.
No tiene una forma precisa,
la evocan cosas sutiles, ligeras,
o mejor dicho, está hecha de ellas, como un espíritu:
la brisa, la niebla,
el color del mar,
el aroma de la tierra
esa noche frente a Trinidad. 

  

Poema traducido del inglés. El original, "The Haunted Seaman", está disponible en:  http://livepoet.blogspot.com/  

martes, 22 de febrero de 2011

El cantante de boberías

  
Aunque el recuerdo mengüe, se endurezca,
aunque se quede en nada, en palabras,
en un puñado de imágenes,
el pasado irrumpirá con la luz del sol
en la esquina de una calle,
vendrá por él con una vieja canción,
la fragancia de un puesto de frutas,
haciéndole volver
a la primera vez que tocó el acordeón en la plaza del mercado,
al Ecseri en primavera,
a una noche, hace años, transcurrida con sus padres en un baile,
al escondite detrás del arbusto de jazmín
donde soñaba con los ojos abiertos
y tatareaba melodías,
murmuraba y canturreaba tonterías,
un idioma imposible,
como un sortilegio.

Hay una huella duradera,
un eco persistente de amor
entretejido en el mundo,
una brasa enterrada en las cenizas
que aguarda un soplo para arder de nuevo
y así, de vez en cuando, en un momento de sosiego,
se va a tocar y cantar a cualquier parte
donde le lleven sus pasos y se sienta a gusto:
en un calle llena de gente, en un puente de ferrocarril,
en un terreno baldío, un campo,
una escalinata, el tejado de un aparcamiento,
con el cielo de un color o de otro,
con o sin público.

Fue en un momento como ése
(en que el pasado parecía cercano –
y le dio por ponerse a canturrear,
gorjear, trinar locamente, como lo hacía de niño),
fue entonces cuando de repente se dio cuenta
de que esa algarabía tenía su encanto,
su voz grito de pájaro, tormenta, torrente,
un instrumento asombroso
con acentos de motor, sirena, avión –
y también el sonido de otras voces
pero no las palabras que utiliza la gente,
no el sentido de las palabras,
sino sólo el sentido o sinsentido
de su mero sonido.

 

Poema traducido del inglés. El original, "The Nonsense Singer", está disponible en:  http://livepoet.blogspot.com/  

sábado, 19 de febrero de 2011

El amor abstracto de Maxine

  
Justo antes del anochecer
se desata el caos.
Por todos lados,

las calles bullen con miles de luces,
rugen
con miles de voluntades encarnizadas,
y en su cabeza
un torbellino,
nada en que hacer pie, nada a lo que agarrarse
más que las palabras,
y entonces se dice entre sí
Soy yo, soy Maxine que vuelve a casa del trabajo.
Sigo viva,
¡aún existo!
En unos minutos abriré la puerta,
me quitaré los zapatos, me tomaré una copa,
comeré algo, leeré tal vez un rato
hasta que me duerma
.
ánimo, se dice a sí misma,
no es la primera vez que estás así.
Pronto te sentirás mejor.


Pero de repente,
al ver un lejano retazo de cielo amarillo,
se le ocurre un pensamiento
que le provoca una punzada en el corazón,
un retorcimiento de la espina que lleva tanto tiempo allí clavada
y luego una oleada de desesperación tan fuerte,
que cedería al impulso de pararse y apoyarse en el muro
si no fuera porque Mme. Brisepierre, su vecina,
la está mirando desde el umbral de casa.
Porque Mme. Brisepierre es muy maja, sí,
pero no es alguien a quien, normalmente,

le contarías tus penas. Y sin embargo ella, Maxine,
se imagina la escena;
por alguna extraña razón, se imagina
acercándose a Mme. Brisepierre
para desahogarse allí mismo, sin más preámbulo.
¿Pero cómo va a hacer eso? Sería ridículo, sin duda.

No puede abordar a Mme. Brisepierre para explicarle
que el hombre que podría quererla de verdad, a ella, a Maxine,
debe de estar allí en algún lugar de la ciudad,
bajo ese cielo que oscurece.
No puede acorralar a Mme. Brisepierre y exclamar
¿No ve usted, Madame, no lo entiende,
que él debe tener un nombre,
un semblante?


Luego, por fin, llegó la hora de acostarse
y ya sólo es cuestión de conciliar el sueño.
Leer no ha servido de nada
pero la pastilla debería surtir efecto.
Mientras tanto
¡qué calma, qué silencio!
Hay noches como ésta
sin apenas un crujido
de los muebles o las cañerías,
cuando de alguna manera se apacigua
la agonía del metal y la madera, y así quizás
ella también pronto encuentre sosiego.
¡Ah, si pudiera dormirse,
si pudiera almenos tener una buena noche de descanso
sin pesadillas,
sin siquiera sueños agradables,
esos sueños que la atormentan
por horas y horas y días enteros
con un dejo interminable de dulzura!
Tiene que pedirle algo más fuerte al doctor.
Pero ahí va – ¡su corazón!
A veces lo oye, de noche, como ahora,
cuando todo lo demás calla –
el latido de ese corazón que no para,
que sigue y sigue y sigue
con su espina empotrada,
latiendo en las tinieblas.
¿Es la vida un don de Dios, una maravillosa aventura,
como afirma el doctor Bertholet,
o acaso una maldición?
¿Y qué son sus ansias de amor
sino el latir de una herida en la negrura?



Poema traducido del inglés. El original, "Maxine's Abstract Love", está disponible en:  http://livepoet.blogspot.com/

sábado, 12 de febrero de 2011

Brazos cansados

  
Fuera, amortiguada por la luna del escaparate,
la ciudad es un lecho marino emergido,
pululante de criaturas intranquilas.
Mientras barre unos mechones cenicientos
y pone a hervir el agua para el té,
Tasos habla de su tío paragüero
que en verano iba de pueblo en pueblo
tocando la trompeta en un conjunto.
En las paredes pintadas de celeste, las imágenes
de elegantes cabelleras y famosos ademanes
persiguen un tono amarillento.
Al canoso cliente sentado en el sillón 

le conmueven muy poco esos recuerdos;
sin embargo gruñe y asiente
con su cráneo medio tonsurado,
que cada vez está más agrisado.
 

Algún día, quién sabe, Tasos podría decidirse
a volver a su tierra natal.
Pero, para poder irse, según dice,
"primero hay que organizarse".
Las tijeras hacen clic.
Fuera, bajo el cielo invernal,
la ciudad persiste.



Poema traducido del inglés. El original, "Tired Arms", está disponible en:  http://livepoet.blogspot.com/

miércoles, 9 de febrero de 2011

Pequeños placeres


Las torres de pisos eran pinceladas de Watteau
contra contaminación lapislázuli.
Más allá, el día en fase terminal presagiaba
una desintegración magnífica.

Así que nos fuimos al parque
donde Sol, antes de marcharse,
nos besó los ojos muchas veces
mientras los árboles de largas sombras
susurraban himnos disonantes.

Más tarde
el cadáver de Luna saldrá a flote
y escucharemos los trenes
traquetear chiflados a través de la noche.



Poema traducido del inglés. El original, "Small Joys", está disponible en:  http://livepoet.blogspot.com/

sábado, 5 de febrero de 2011

Recuerdo de Sust Quím Pelig

                                                (A Jorge Ramírez)

Los campesinos cafeteros colombianos llevan un collar carmesí
de picaduras de mosquitos. Pero allí en Whiteheads,
donde la sierra brama como elefantes acosados,
es Sustancia Peligrosa la que te besará.
Un hombre tenía rojo el brazo; otro, el vientre;
y un tercero se quedó ciego.
El italiano, que trabajó en la fábrica veinte años,
sigue pasando por allí de vez en cuando. En un día caluroso de verano
le verás tal vez llegar sin prisas, en camiseta,
y detenerse ante la verja
para estrechar la mano de algún antiguo compañero.
O se quedará allí un rato, de pie cerca del muro, solo,
con sus miembros robustos, feos, en actitud de furia contenida
y la cara vuelta al sol, el cual es una bola de fuego
y no sabe ni le importa
lo que alumbra o irradia.
Peligrosa tampoco presta mucha atención a la diferencia
entra la piedra y la carne humana.

He visto al italiano merodear por la fábrica también cuando hace frío.
Una tarde gris, le vi apoyado en el muro,
fumando un cigarrillo al compás de la sierra,
que cada pocos segundos gime y aúlla
como un coro espantoso de todos los hombres
que Peligrosa besó con labios ansiosos.


Poema traducido del inglés. El original, "Haz Chem Souvenir", está disponible en:  http://livepoet.blogspot.com/

jueves, 3 de febrero de 2011

La oscuridad sólo existe en los ojos del espectador



Ahora a la noche, con la lluvia que cae
a la vez que el planeta viaja luminoso en luz de estrella
y, aun en sus profundidades submarinas,
criaturas asombrosas prosperan al calor de su corazón de fuego,
no existiendo ni principio
ni fin
esta noche, a miles de eones de mañana,
tan cerca del epicentro de nuestra sangre,
esta noche tú
radiante,
cada sonrisa una caricia,
cada mirada una nueva estrella,
cada centímetro cuadrado
un mundo de liberación infinita.



Poema traducido del inglés. El original, "Darkness is in the Eye of the Beholder", está disponible en:  http://livepoet.blogspot.com/

sábado, 29 de enero de 2011

Siete polillas


Allí estaba John sentado, con sus cuatro alas membranosas 
                                                                                          [ chamuscadas;
ya no bebía ni fumaba
y había escrito una tesis sociológica.
En sus ojos vislumbré destellos rojos.
Tom, que tal vez un día retrate al Rey,
está estudiando la posibilidad de hacerse socio
de un club muy exclusivo de lepidópteros.
El día de Noche Vieja el champán lo ofrece la casa,
a las doce te arrancan del corazón una sonrisa.
Su mujer, sin embargo, todavía no sabe si es buena idea.
Totalmente desprovisto de antenas en forma de maza,
Jack cultivó su interés por Chomsky,
luego se esfumó en la noche más oscura
masticando un gargajo de asíndetos.
Lo último que oí de Tim
es que titiritaba contra el cristal de una ventana
de fama político-literaria.
María se casó con un abejorro guerrero,
dio a luz una oruga de ojos azules.
Niñatos solían arrancarle las alas,
ahora hombres hechos le dan caza con un periódico enrollado.
Jim tiene un nido en las afueras,
es polilla de familia.
Se dejó crecer la barba y tiene trabajo.
Nos escribimos de rato en rato.


Poema traducido del inglés. El original, "Seven Moths", está disponible en:  http://livepoet.blogspot.com/

lunes, 24 de enero de 2011

Kit y Tex



Dejamos atrás la casa abandonada y seguimos adelante por uno de los senderos que atravesaban el terreno baldío, esparcido de malas hierbas y desechos. Dan, recuerdo, llevaba en un brazo la botella de Coca-Loca, y a cada paso yo oía, en mi bolsillo, el traqueteo de la caja de cerillas que traíamos por si acaso.
      Más allá de las Colinas de Escombros y la Zona de Riachuelos Secos, se extendía el Valle de la Muerte. Dan, que desde hacía unos minutos guardaba silencio, se detuvo en la cima de un montículo para escrutar el horizonte y olfatear el viento. En la lejanía se divisaba una tapia blanca, que demarcaba lugares inexplorados.
      Entrando por un hueco de la tapia, descubrimos un solar plagado de cardos; al fondo, unos caserones derruidos; a la izquierda, en un claro, una pila de maderos – o eso es lo que nos pareció a primera vista, porque luego, al acercarnos, vimos que se trataba más bien de una especie de choza, muy baja, sin ventanas.
      Al acercarnos aún más, comenzamos a oír retazos de una conversación, voces entrecortadas por el viento, que provenían del interior de la choza. Eran voces jóvenes, una aguda, cantarina y otras más graves, secas.
      De pronto callaron, y por la entrada de la choza asomaron la cabeza, mirándonos con cierto asombro, dos chavales de aspecto humilde. Tras ellos, en la penumbra del interior, se adivinaba la presencia de varios más. Nos detuvimos. Los dos chavales salieron entonces de su guarida.
      – Qué…
      – Nada, echando un vistazo…
      Nos observaban con curiosidad, y el que había hablado, que era rubio, canijo, tenía una media sonrisa en los labios, como si encontrara divertida nuestra pinta. Dan rompió el silencio:
      – No está mal – dijo, señalando la choza.
      El Rubio no repuso, pero se hizo a un lado para permitirnos ver mejor, y su sonrisa se acentuó. Por fin dijo, un poco azorado:
      – Podéis entrar, si queréis…
      Era el de la voz cantarina. Me adelanté unos pasos y vi que en el interior ya estrechaban el corro. Pero oí que Dan decía:
      – Déjalo, no vamos a caber.
      Me di la vuelta. Dan había destaponado la botella de Coca-Loca y se la ofrecía al Rubio. El chaval se alzó de hombros, tímido, sonriente, agarró la botella con indecisión y luego, animándose de pronto, tomó un buen trago. Otros cuatro o cinco forajidos, mientras tanto, habían salido en fila a la luz del día. Nos miraban fijamente. Entre ellos había uno algo mayor que los demás, un tipo larguirucho, con el rostro lleno de espinillas, a quien luego, recordando la aventura, bautizamos con el nombre de Sospechas.
      El Rubio nos devolvió la botella, como si hubiera cumplido con un importante ritual, y se oyeron exclamaciones y murmullos. Entonces hizo un ademán para que se la entregásemos de nuevo y, con un amplio gesto del brazo extendido, se la ofreció a sus compañeros, que ahora le observaban con cierta admiración.
      Pero nadie más quiso beber. Sólo el Rubio dio otro trago, largo, ruidoso, y uno de sus compinches dijo:
      – ¡Che, no te pases!
      Sospechas callaba, frunciendo las cejas, como si discurriera en un problema desagradable. Dan contemplaba todo con ojos gatunos. Bajo su mirada, los chavales de pelo corto, algunos casi rapados a cero, comenzaron a moverse, y el Rubio hacía ademanes invitándonos a utilizar la guarida mientras se ausentasen, y en su rostro se dibujaban unas muecas y sonrisas de orgullo.
      Se alejaron en tropel, echándonos alguna ojeada por encima del hombro, ágiles, oscuros como las sombras que arrastraban. Arriba, pasaban las nubes. El último en dejar de mirar fue Sospechas.
      – No está mal – repitió Dan, clavando la vista en la choza, al quedarnos solos. Luego examinamos el interior, que parecía bastante limpio y acogedor, y dimos una vuelta de inspección por fuera, rodeando la choza en sentidos contrarios. Cuando volvimos a encontrarnos delante de la entrada, vi que Dan tenía el aire pensativo.
      – ¿Nos quedamos un rato? – pregunté.
      Pero Dan ya sacudía la cabeza, mordiéndose el labio; yo sentía una punzada en el corazón y una corriente recorría mis brazos y mis manos; y algo, en alguna parte, no sé qué ni dónde, algo se desvanecía o se apagaba; y Dan, tras dirigir una mirada a otra brecha en la tapia, por donde se había retirado el enemigo, ya decía:
      – Hay que destruirla. Pero sin armar mucho ruido.
      Kit Karson precisó de inmediato los puntos débiles de la estructura. La devastación fue fulminante.
     Le recuerdo desmantelando las chapas del tejado, dislocando habilidosamente un madero, pateando con ahínco los restos de una pared; muy serio, jadeante, lanzando rápidas miradas a su alrededor.
      Cuando ya no quedaba viga sobre viga, miré a Dan. Tenía la boca entreabierta; como yo, respiraba con fuerza; en sus labios se prefiguraba una sonrisa. Pero todavía no estaba satisfecho; vacilaba. Entonces, recobrando momentáneamente el aliento, con mi mejor voz de Tex Willer, dije:
      – Las cerillas.
      La sonrisa cuajó en su rostro. Prendimos los cardos secos y la basura que habíamos colocado entre los maderos, y efectuamos nuestra retirada estratégica. Sólo me volví una vez: al fondo, tras la tapia, una humareda negra, intensa, se batía con el viento.
      Yo creo que ya íbamos a soltar un par de penosas carcajadas cuando, allí por las Colinas de Escombros, Sospechas se materializó ante nosotros a pocos metros de distancia, gritando improperios. Unos segundos más tarde, él y Dan rodaban por el polvo, sumidos ahora en el silencio de la tarde. Con un codo clavado en el cuello de Dan, Sospechas utilizaba el puño de la otra mano para golpearle furiosamente en la cara.
      Encontré curioso ese silencio, apenas roto por el forcejeo y los quejidos de Dan. Miré mis manos y vi que una de ellas todavía sujetaba la botella de Coca-Loca.
      El botellazo le alcanzó en la oreja. Cayó de lado, sin gritar, soltando a Dan.
      Pusimos pies en polvorosa y no dejamos de correr hasta confundirnos entre los rascacielos de nuestro territorio.



Madrid, 1979
© Copyright Allan Riger-Brown 1981

viernes, 21 de enero de 2011

La noche de la ballena


En las noches sin luna la ballena se deleita en la fluidez,
en la tibieza.
Sale a la brisa, da una pirueta
y busca el escalofrío de las profundidades.
Baila, modula su risa,
conoce su piel.
En esas noches la ballena es presa
de la locura del imán, de los ecos,
de la ceguera.

En cierto momento hace una pausa, gira despacio
y luego de pronto se retuerce, se pone nerviosa, husmea,
desciende enorme hacia el abismo,
tantea la líquida negrura.

Por la mañana está varada en la arena.



Poema traducido del inglés. El original, "The Whale's Night", está disponible en:  http://livepoet.blogspot.com/

domingo, 9 de enero de 2011

La primavera


El árbol no espera
sino que arroja sus ramas plagadas de brotes
hacia el cielo inmundo
que intenta ocultar
el ojo desfigurado del sol.
Es Ráfaga Loca quien hace ya tiempo
plantó la semilla junto al muro de la fábrica
para que creciera este árbol torcido, en forma de gancho
y nos amenazara a todos.
Pronto treparán por sus ramas bichos repugnantes
y pájaros de plumas estropajosas anidarán en su copa.
Él crece impasible,
diríase muy orgulloso de sí mismo,
se baña en el polvo de piedra de la fábrica
y los gases de escape de la carretera,
y echa sus brotes en la primavera, y proyecta una sombra
y se despoja de sus hojas en otoño. La verdad es
que este árbol es peligroso, incluso rencoroso quizás:
le falta tierra para sus raíces,
y un día se derrumbará
y nos romperá la espalda,
nos romperá la espalda o nos cegará;
Ráfaga Loca dará una mano.


Poema traducido del inglés. El original, "Springtime" , está disponible en:  http://livepoet.blogspot.com/