lunes, 24 de enero de 2011

Kit y Tex



Dejamos atrás la casa abandonada y seguimos adelante por uno de los senderos que atravesaban el terreno baldío, esparcido de malas hierbas y desechos. Dan, recuerdo, llevaba en un brazo la botella de Coca-Loca, y a cada paso yo oía, en mi bolsillo, el traqueteo de la caja de cerillas que traíamos por si acaso.
      Más allá de las Colinas de Escombros y la Zona de Riachuelos Secos, se extendía el Valle de la Muerte. Dan, que desde hacía unos minutos guardaba silencio, se detuvo en la cima de un montículo para escrutar el horizonte y olfatear el viento. En la lejanía se divisaba una tapia blanca, que demarcaba lugares inexplorados.
      Entrando por un hueco de la tapia, descubrimos un solar plagado de cardos; al fondo, unos caserones derruidos; a la izquierda, en un claro, una pila de maderos – o eso es lo que nos pareció a primera vista, porque luego, al acercarnos, vimos que se trataba más bien de una especie de choza, muy baja, sin ventanas.
      Al acercarnos aún más, comenzamos a oír retazos de una conversación, voces entrecortadas por el viento, que provenían del interior de la choza. Eran voces jóvenes, una aguda, cantarina y otras más graves, secas.
      De pronto callaron, y por la entrada de la choza asomaron la cabeza, mirándonos con cierto asombro, dos chavales de aspecto humilde. Tras ellos, en la penumbra del interior, se adivinaba la presencia de varios más. Nos detuvimos. Los dos chavales salieron entonces de su guarida.
      – Qué…
      – Nada, echando un vistazo…
      Nos observaban con curiosidad, y el que había hablado, que era rubio, canijo, tenía una media sonrisa en los labios, como si encontrara divertida nuestra pinta. Dan rompió el silencio:
      – No está mal – dijo, señalando la choza.
      El Rubio no repuso, pero se hizo a un lado para permitirnos ver mejor, y su sonrisa se acentuó. Por fin dijo, un poco azorado:
      – Podéis entrar, si queréis…
      Era el de la voz cantarina. Me adelanté unos pasos y vi que en el interior ya estrechaban el corro. Pero oí que Dan decía:
      – Déjalo, no vamos a caber.
      Me di la vuelta. Dan había destaponado la botella de Coca-Loca y se la ofrecía al Rubio. El chaval se alzó de hombros, tímido, sonriente, agarró la botella con indecisión y luego, animándose de pronto, tomó un buen trago. Otros cuatro o cinco forajidos, mientras tanto, habían salido en fila a la luz del día. Nos miraban fijamente. Entre ellos había uno algo mayor que los demás, un tipo larguirucho, con el rostro lleno de espinillas, a quien luego, recordando la aventura, bautizamos con el nombre de Sospechas.
      El Rubio nos devolvió la botella, como si hubiera cumplido con un importante ritual, y se oyeron exclamaciones y murmullos. Entonces hizo un ademán para que se la entregásemos de nuevo y, con un amplio gesto del brazo extendido, se la ofreció a sus compañeros, que ahora le observaban con cierta admiración.
      Pero nadie más quiso beber. Sólo el Rubio dio otro trago, largo, ruidoso, y uno de sus compinches dijo:
      – ¡Che, no te pases!
      Sospechas callaba, frunciendo las cejas, como si discurriera en un problema desagradable. Dan contemplaba todo con ojos gatunos. Bajo su mirada, los chavales de pelo corto, algunos casi rapados a cero, comenzaron a moverse, y el Rubio hacía ademanes invitándonos a utilizar la guarida mientras se ausentasen, y en su rostro se dibujaban unas muecas y sonrisas de orgullo.
      Se alejaron en tropel, echándonos alguna ojeada por encima del hombro, ágiles, oscuros como las sombras que arrastraban. Arriba, pasaban las nubes. El último en dejar de mirar fue Sospechas.
      – No está mal – repitió Dan, clavando la vista en la choza, al quedarnos solos. Luego examinamos el interior, que parecía bastante limpio y acogedor, y dimos una vuelta de inspección por fuera, rodeando la choza en sentidos contrarios. Cuando volvimos a encontrarnos delante de la entrada, vi que Dan tenía el aire pensativo.
      – ¿Nos quedamos un rato? – pregunté.
      Pero Dan ya sacudía la cabeza, mordiéndose el labio; yo sentía una punzada en el corazón y una corriente recorría mis brazos y mis manos; y algo, en alguna parte, no sé qué ni dónde, algo se desvanecía o se apagaba; y Dan, tras dirigir una mirada a otra brecha en la tapia, por donde se había retirado el enemigo, ya decía:
      – Hay que destruirla. Pero sin armar mucho ruido.
      Kit Karson precisó de inmediato los puntos débiles de la estructura. La devastación fue fulminante.
     Le recuerdo desmantelando las chapas del tejado, dislocando habilidosamente un madero, pateando con ahínco los restos de una pared; muy serio, jadeante, lanzando rápidas miradas a su alrededor.
      Cuando ya no quedaba viga sobre viga, miré a Dan. Tenía la boca entreabierta; como yo, respiraba con fuerza; en sus labios se prefiguraba una sonrisa. Pero todavía no estaba satisfecho; vacilaba. Entonces, recobrando momentáneamente el aliento, con mi mejor voz de Tex Willer, dije:
      – Las cerillas.
      La sonrisa cuajó en su rostro. Prendimos los cardos secos y la basura que habíamos colocado entre los maderos, y efectuamos nuestra retirada estratégica. Sólo me volví una vez: al fondo, tras la tapia, una humareda negra, intensa, se batía con el viento.
      Yo creo que ya íbamos a soltar un par de penosas carcajadas cuando, allí por las Colinas de Escombros, Sospechas se materializó ante nosotros a pocos metros de distancia, gritando improperios. Unos segundos más tarde, él y Dan rodaban por el polvo, sumidos ahora en el silencio de la tarde. Con un codo clavado en el cuello de Dan, Sospechas utilizaba el puño de la otra mano para golpearle furiosamente en la cara.
      Encontré curioso ese silencio, apenas roto por el forcejeo y los quejidos de Dan. Miré mis manos y vi que una de ellas todavía sujetaba la botella de Coca-Loca.
      El botellazo le alcanzó en la oreja. Cayó de lado, sin gritar, soltando a Dan.
      Pusimos pies en polvorosa y no dejamos de correr hasta confundirnos entre los rascacielos de nuestro territorio.



Madrid, 1979
© Copyright Allan Riger-Brown 1981

1 comentario:

pili dijo...

me dejas interrupta y con ansiedad de leer más, maaaas