Yo creo que sí, que de no haberse precipitado los acontecimientos, alguien (tal vez uno de nosotros) habría acabado tomando alguna medida, tarde o temprano, para impedir que sucediera algo así. En fin, yo no estaba cuando se la llevaron. Me enteré por Javirer, a la vuelta.
- Se fracturó un fémur. Se cayó de la caja, ya sabes, donde se subía para meter las monedas en el contador de la luz.
Luego vimos a esos dos. Vinieron un domingo por la tarde, en un coche azul oscuro, y aparcaron justo delante del portal.
La verdad, nos tenía algo preocupados, sola, con tanta humedad que incluso brota en las paredes, aquí y allá, un extraño moho, una especie de hongos.
– Como se le incendie la estufa esa, – decía Javier, medio en broma – nos va a fastidiar a todos.
Pero ella parecía aguantar bien.
Una vez estuve allí dentro, viéndola de cerca: pequeña, huesuda, inquieta, a su alrededor los lienzos, colgados, apilados entre los trastos: marinas, paisajes veraniegos, retratos pintados por ella quién sabe hace cuántos años, y deben de estar muertos – pensé – ése bigotudo, por ejemplo, o el moreno del fez.
Acomodada en el borde de una silla, cruzada de piernas, desvariaba gesticulando con cierta afectación trasnochada, sonriendo afable, irreductible, la papada temblorosa:
– … Bailábamos mucho, y Jeza Pavlevi, en Viena, ¡ah, qué hombje, qué caballejo más distinguido! ¡Ay, el pobje, que le han ajmado una jevolución! ¿Ha oído la noticia? Clajo, es que hoy día…
Las frondas de un árbol, de un verde intenso, y al fondo una tapia blanca que baja serpenteando hacia el Mediterráneo, chumberas y casas. Una dama muy esbelta y enjoyada. Un niño de mirada boba y como perdida en la contemplación de un futuro siniestro…
– ¿Un té tal vez? Hace un fjío espantoso, y está todo tan mal. ¿Ha visto qué gente va llegando al bajjio? ¡Tejjible!
En un par de ocasiones, de madrugada, sentado en mi sillón, tuve que imaginarme su forma enflaquecida, revestida de mantas; el colchón amoldándose a sus huesos, en la oscuridad, a unos tres metros y medio debajo de mis pies.
La hija y el yerno sacaron las cosas poco a poco, discretamente, y fueron llenando el coche hasta entrada la noche. En el azul de la chapa se reflejaban las farolas. Eran unos señores de unos cincuenta años, ambos altos, graves, aseados, de mirada un tanto turbia. No se llevarían bien con la vieja, es lo que pensamos, porque no se les vio por aquí antes de ese día. Me crucé con ellos en las escaleras (yo bajaba, ellos estaban atareados en el descansillo) y di las buenas tardes, muy educadamente. Y por alguna razón, al oír mi voz, se sobresaltaron. Él dio como un pequeño esguince, luego procuró sacar una sonrisa, mientras que ella se quedó muy quieta en el umbral de la puerta, sujetando la pantalla de una lámpara y parpadeando mucho, agitando unas pestañas largas y ralas, como las patas de una araña.
La ambulancia llegó la noche de la fiesta; traía la sirena apagada. La llamaron Javier y otro que no estaba borracho. Dicen que fue por el olor, pero Javier ya había notado que el tiesto del balcón estaba seco. La verdad es quez de vez en cuando olía mal en el descansillo; aquella noche, al parecer, el olor se hizo insoportable.
Javier salvó una repisa negra que se llevaban para el basurero. Le quitó el polvo, la roció de aftershave, por si las moscas, y dice que la encuentra muy útil.
El dueño de la casa me ha confesado que por fin puede subir el alquiler del apartamento, pero eso ya lo sabíamos todos. La vecina de abajo, la otra vieja, la del sentido común y el quiste, cuenta que, antes, a menudo no lograba dormirse, no había manera de pegar ojo, no, porque se oían pasos, tris tras tris tras, pasos incesantes en la habitación de arriba.
Londres, 1979
- Se fracturó un fémur. Se cayó de la caja, ya sabes, donde se subía para meter las monedas en el contador de la luz.
Luego vimos a esos dos. Vinieron un domingo por la tarde, en un coche azul oscuro, y aparcaron justo delante del portal.
La verdad, nos tenía algo preocupados, sola, con tanta humedad que incluso brota en las paredes, aquí y allá, un extraño moho, una especie de hongos.
– Como se le incendie la estufa esa, – decía Javier, medio en broma – nos va a fastidiar a todos.
Pero ella parecía aguantar bien.
Una vez estuve allí dentro, viéndola de cerca: pequeña, huesuda, inquieta, a su alrededor los lienzos, colgados, apilados entre los trastos: marinas, paisajes veraniegos, retratos pintados por ella quién sabe hace cuántos años, y deben de estar muertos – pensé – ése bigotudo, por ejemplo, o el moreno del fez.
Acomodada en el borde de una silla, cruzada de piernas, desvariaba gesticulando con cierta afectación trasnochada, sonriendo afable, irreductible, la papada temblorosa:
– … Bailábamos mucho, y Jeza Pavlevi, en Viena, ¡ah, qué hombje, qué caballejo más distinguido! ¡Ay, el pobje, que le han ajmado una jevolución! ¿Ha oído la noticia? Clajo, es que hoy día…
Las frondas de un árbol, de un verde intenso, y al fondo una tapia blanca que baja serpenteando hacia el Mediterráneo, chumberas y casas. Una dama muy esbelta y enjoyada. Un niño de mirada boba y como perdida en la contemplación de un futuro siniestro…
– ¿Un té tal vez? Hace un fjío espantoso, y está todo tan mal. ¿Ha visto qué gente va llegando al bajjio? ¡Tejjible!
En un par de ocasiones, de madrugada, sentado en mi sillón, tuve que imaginarme su forma enflaquecida, revestida de mantas; el colchón amoldándose a sus huesos, en la oscuridad, a unos tres metros y medio debajo de mis pies.
La hija y el yerno sacaron las cosas poco a poco, discretamente, y fueron llenando el coche hasta entrada la noche. En el azul de la chapa se reflejaban las farolas. Eran unos señores de unos cincuenta años, ambos altos, graves, aseados, de mirada un tanto turbia. No se llevarían bien con la vieja, es lo que pensamos, porque no se les vio por aquí antes de ese día. Me crucé con ellos en las escaleras (yo bajaba, ellos estaban atareados en el descansillo) y di las buenas tardes, muy educadamente. Y por alguna razón, al oír mi voz, se sobresaltaron. Él dio como un pequeño esguince, luego procuró sacar una sonrisa, mientras que ella se quedó muy quieta en el umbral de la puerta, sujetando la pantalla de una lámpara y parpadeando mucho, agitando unas pestañas largas y ralas, como las patas de una araña.
La ambulancia llegó la noche de la fiesta; traía la sirena apagada. La llamaron Javier y otro que no estaba borracho. Dicen que fue por el olor, pero Javier ya había notado que el tiesto del balcón estaba seco. La verdad es quez de vez en cuando olía mal en el descansillo; aquella noche, al parecer, el olor se hizo insoportable.
Javier salvó una repisa negra que se llevaban para el basurero. Le quitó el polvo, la roció de aftershave, por si las moscas, y dice que la encuentra muy útil.
El dueño de la casa me ha confesado que por fin puede subir el alquiler del apartamento, pero eso ya lo sabíamos todos. La vecina de abajo, la otra vieja, la del sentido común y el quiste, cuenta que, antes, a menudo no lograba dormirse, no había manera de pegar ojo, no, porque se oían pasos, tris tras tris tras, pasos incesantes en la habitación de arriba.
Londres, 1979
© Copyright Allan Riger-Brown 1981
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